Luba Inz
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Enero de 20265 min de lectura

Cómo la maternidad cambió mi forma de pensar sobre el éxito, la energía y el liderazgo

How Motherhood Changed the Way I Think About Success, Energy, and Leadership

Durante mucho tiempo pensé que el éxito era algo externo y medible.

Como COO, vivía dentro de sistemas, métricas, ejecución y resultados. Si la empresa crecía, si los problemas se resolvían rápido, si las cosas avanzaban, daba por hecho que lo estaba haciendo bien. Me formé para sostener la estructura, absorber la presión y seguir funcionando pasara lo que pasara a mi alrededor. Aprendí a ser confiable, serena y efectiva. Y durante muchos años, esa definición de éxito funcionó.

En lo que no pensaba en ese entonces era en la energía.

Al principio de mi carrera, tenía acceso a la energía de una forma que se sentía casi ilimitada. Podía seguir a pesar del cansancio, ignorar las señales sutiles de mi cuerpo, mantenerme mentalmente aguda aunque estuviera emocionalmente agotada. No lo vivía como un sacrificio personal. Simplemente se sentía como responsabilidad. Como la vida adulta. Como liderazgo.

Esa forma de funcionar suele recibir elogios. Parece resiliencia. Parece competencia. Parece alguien a quien se le puede confiar más.

La maternidad cambió esa relación por completo.

Trajo a mi vida algo completamente nuevo: un nuevo ser humano, un nuevo ritmo, un nuevo nivel de responsabilidad. Y con eso, otro nivel de conciencia. De pronto, la energía dejó de ser abstracta. Ya no era algo que pudiera pedirle prestado al mañana o compensar después. Se volvió física e inmediata. Dormir importaba. La presencia emocional importaba. La recuperación importaba. Mi sistema nervioso importaba.

No de forma teórica, sino en un sentido muy real, del día a día.

Ya no podía "aguantar a la fuerza" como antes. No porque no quisiera, sino porque mi cuerpo y mi vida ya no lo permitían. Un niño no responde a intenciones ni a planes. Responde a tu estado. Y eso me confrontó.

Empecé a observarme más.

Cómo mi tensión interna se notaba en mi respiración. Cómo ciertas decisiones me drenaban mientras otras me llenaban de energía. Cómo mi atención se dispersaba cuando no tenía claridad por dentro. Cómo mi presencia cambiaba el ambiente de un lugar: en el trabajo y en casa.

En algún momento dejé de pensar en el éxito solo en términos de resultados y empecé a pensar de forma mucho más consciente en la energía como un recurso propio.

No porque algo estuviera roto. Y no porque estuviera quemada. Sino porque empecé a ver con más claridad cómo se mueve de verdad mi energía: dónde se expande, dónde se diluye y hacia dónde quiere ir de forma natural.

Cuando empiezas a ponerle atención a la energía de esa forma, la claridad empieza a aparecer casi sola.

Descubrí que cuando estoy conectada con mi estado interno, mis decisiones se vuelven más limpias. No me siento dividida en diez direcciones a la vez. Las prioridades empiezan a ordenarse solas. Puedo sentir qué metas merecen de verdad mi participación y cuáles solo generan actividad sin sentido. No toda oportunidad vale el mismo nivel de compromiso. No toda dirección merece toda mi atención.

Esa claridad no vino de planear mejor ni de una disciplina más estricta. Vino de la alineación.

Y eso cambió mi forma de liderar.

Como COO, empecé a notar con qué frecuencia se enseña el liderazgo como priorización de tareas, gestión del desempeño y toma de decisiones constante, pero casi nunca como regulación interna. Muchos líderes saben gestionar proyectos, pero no saben gestionar el peso emocional de la responsabilidad. Sin una brújula interna fuerte, incluso los líderes capaces se dispersan. La energía se fuga hacia la confusión. El enfoque se disuelve. Los equipos trabajan duro, pero no siempre en la misma dirección.

Para mí, la maternidad hizo que la claridad no fuera negociable.

Me volví más intencional con a dónde va mi atención. Con qué decisiones de verdad requieren mi participación. Con qué tipo de energía llevo a las conversaciones y a las reuniones. Noté que cuando la dirección está clara dentro de mí, liderar se siente más tranquilo. No más fácil, pero sí más estable. La presión deja de sentirse caótica y empieza a sentirse con propósito.

Esta conciencia también cambió mi forma de pensar sobre los equipos.

Un cambio muy práctico fue dónde empecé a poner mi atención. En lugar de enfocarme solo en el desempeño individual, empecé a prestar mucha más atención a la dinámica del equipo: cómo trabaja la gente en conjunto, cómo se comunica y cómo fluye la energía entre las personas.

Empezamos a usar herramientas como el modelo Myers-Briggs, las evaluaciones DISC y modelos de motivación basados en Maslow. No para etiquetar a las personas ni meterlas en cajas, sino para entenderlas mejor. Cómo piensan bajo presión. Qué las motiva. Qué las drena. Dónde están sus fortalezas naturales.

Descubrí que cuando los equipos se arman con intención, con personalidades, estilos de pensamiento y patrones de motivación complementarios, mucha fricción desaparece sola. La gente deja de competir sin necesidad. Los malentendidos disminuyen. La energía que antes se desperdiciaba en tensión empieza a convertirse en impulso.

Esto no bajó los estándares. Los subió.

Porque cuando la energía fluye y hay claridad, la gente puede operar a un nivel mucho más alto. El esfuerzo se enfoca. La colaboración se vuelve más fluida. El avance se siente menos forzado.

En lo personal, este cambio también transformó cómo quiero que se sienta mi vida.

Ya no quiero una versión del éxito en la que, técnicamente, lo logré todo, pero vivo en tensión constante. En la que mi cuerpo siempre está en guardia. En la que la presencia hay que agendarla en lugar de que esté disponible. Ese tipo de éxito se siente frágil y caro.

La maternidad no me hizo menos ambiciosa.

Me hizo más precisa.

Hoy, para mí el éxito se ve como construir una vida y una empresa donde la energía fluye con libertad: entre las personas, entre los roles, entre el trabajo y la casa. Donde la claridad reemplaza el ruido interno. Donde la gente entiende sus fortalezas y sus límites no como restricciones, sino como puntos de referencia para crecer.

Cuando sabes dónde se multiplica tu energía, dejas de intentar serlo todo a la vez. El enfoque se afila alrededor de los proyectos que de verdad importan. Los siguientes pasos se vuelven visibles. Liderar deja de sentirse como sobrevivir y empieza a sentirse como tener rumbo.

Esta es la versión del éxito en la que creo hoy.

Una en la que la ambición sigue alta. Pero la energía se trata como inteligencia. Y la maternidad no es una limitación, sino un lente que puso todo en foco.

L

Luba Inz

Fractional CXO